La Ira de Glorfindel

21 de Octubre de 2006, a las 09:51 - Janmi
Concurso de relato corto dramático 2006 - Relatos basados en la obra de Tolkien, de fantasía y poesías :: [enlace]Meneame

Apoyándose con una mano, de un salto se encaramó en su blanca montura.
- Noro lim! ‚Äď apremi√≥ el jinete al equino.
El galope se convirtió en una cabalgada sobre el viento. La capa ondeaba como un estandarte que marchara furioso a la guerra; sobre ella unos cabellos blondos, casi blanquecinos, danzaban dementemente por la velocidad.
 A quinientos metros, una partida de orcos se detuvo. Demostrando cierto juicio formaron en posición defensiva. Incautos advenedizos esclavos de su sed de sangre. La distancia se acortaba y las mugrientas criaturas ya podían distinguir que su enemigo era un elfo. Quedaba claro por los atavíos no era un simple explorador: sus ricas ropas y armadura denotaban que se trababa de alguien importante. Se relamieron ruidosos ante la perspectiva de una posible recompensa por matar a alguien así.
¬†- Somos cinco. El noldor morir√°. ‚Äď Dijo el capaz con jactancia a los otros miembros de la expedici√≥n. El portador de la √ļnica lanza se puso al frente y sus compa√Īeros de armas se ubicaron detr√°s extendiendo cimitarras y porras a ambos lados en una malformada cu√Īa.
¬†Los mortecinos rayos solares se reflejaban en la filigrana que imitaba un sol de amplios brazos en la armadura de Glorfindel. Desenvain√≥ su espada como un diente hambriento, y los orcos dieron asustados un paso atr√°s. Cay√≥ sobre ellos con la fuerza de una tempestad ya anunciada y de la que no se pod√≠a huir. La lanza no lleg√≥ a tocar la carne cuando arqueando su cuerpo, el elfo la esquiv√≥. Carg√≥ con su roc√≠n y arroll√≥ al primer enemigo con un tremendo tajo descendente. Los cuatro orcos restantes giraron en su apretujada alineaci√≥n haciendo frente al caballero que se alejaba tras su primera embestida. Lentamente, el jinete volvi√≥ a encarar a sus adversarios y se dirigi√≥ hacia ellos. Los orcos pudieron ver sorprendidos c√≥mo el elfo perd√≠a su ventaja y se apeaba de su montura acerc√°ndose andando. ¬ŅQuerr√≠a hablar? Uno de los orcos le hizo frente gritando y dispuesto a cercenarlo con oscura cimitarra. Glorfindel dio un paso lateral y esquiv√≥ la embestida. Aprovechando el impulso de su finta dio un giro completo extendiendo su espada a media altura. Una cabeza se separ√≥ de sus hombros con un ruido org√°nico.
Los orcos restantes se miraron con rabia y cargaron juntos contra su diestro enemigo. El elfo detuvo con su acero un ataque repetitivo. Otro orco se le abalanzó por un lado. Glorfindel desenfundó rápidamente su daga y la lanzó como un dardo al tiempo que continuaba deteniendo los furiosos ataques de su enemigo. Un orco cayó muerto con una daga atravesándole el cuello. El capataz pisó el cuerpo inerte al tiempo que atacaba por la espalda. Glorfindel giró para detener el golpe al mismo tiempo su otro contrincante cortaba el aire. Una fina línea de sangre se dibujó en el carrillo del capitán elfo. No era una herida profunda.
La lucha era desenfrenada; Golpes marciales que alternaban movimientos rectos y forzados con giros inesperados m√°s propios de una danza mortal. De un puntapi√© en el pecho derrumb√≥ al jefe de los orcos mientras rotaba para hacer frente al enemigo que le acababa de herir. Apretando su arma con ambas manos se inclin√≥ en una rodilla y propin√≥ un tajo ascendente con la punta de su hoja. √Čsta se clav√≥ en la mand√≠bula del bruto llegando hasta el cerebro. El arma se hab√≠a quedado atorada. S√≥lo quedaba con vida el capataz orco que cargaba contra Glorfindel. √Čste esquiv√≥ un golpe saltando hacia atr√°s y otros tantos m√°s inclinando el cuerpo hacia los lados. El orco propin√≥ un tajo de arriba a abajo y Glorfindel intercept√≥ la trayectoria agarrando la empu√Īadura del arma. Ambos forcejearon atrayendo el filo hacia una y otra garganta. El elfo solt√≥ la presa y su enemigo cay√≥ al suelo por la fuerza condensada. Glorfindel aprovech√≥ la oportunidad y liber√≥ su arma. El orco se incorpor√≥ y corri√≥ a atacarle. Un brillo met√°lico surc√≥ en diagonal ascendente el aire cercenando a la altura del est√≥mago. El √ļltimo orco con vida se arrodill√≥. Dos esferas carmes√≠ contemplaron en sus √ļltimos momentos el rostro de su asesino, que devolv√≠a la mirada sin gozo por la matanza que hab√≠a pertrechado. Aquella patrulla ya no dar√≠a cuentas de su exploraci√≥n.

* * *

La majestuosidad de la roca elevada al nivel del arte de la construcci√≥n en la ciudad de las Piedras Cantoras. La urbe de Gondol√≠n despert√≥ a la ma√Īana siguiente bajo el anonimato que el valle oculto le llevaba protegiendo durante siglos.
      Bullicio. El ajetreo cotidiano se extendía en el aire como bandadas de golondrinas en primavera. Aquel era su mundo, el mundo en el que creía. Una vida encerrada entre cordilleras nevadas en las que era libre. Libre de toda mácula como lo es el jilguero dentro de su jaula, a está a salvo de los peligros del mundo exterior. El tipo de libertad de la gente que teme algo.
¬†El Gran Mercado, con sus muchas tiendas repletas de valerosos objetos de artesan√≠a √ļnica, era un punto muy concurrido en Gondol√≠n. Glorfindel pase√≥ tranquilo mirando los diferentes puestos, deteni√©ndose para ser condescendiente a saludos an√≥nimos o de miembros de la casa de la Flor Dorada, de la cual era l√≠der. Sus pasos le encaminaron al Mercado Menor, donde se encontr√≥ con una celebridad en la ciudad: Ecthelion, se√Īor de la casa de la Fuente.
- Buenos días hermano.- dijo Ecthelion con su melódica voz al tiempo que sonreía.
- Que el sol ilumine tu d√≠a.- Glorfindel acompa√Ī√≥ su saludo agarrando el antebrazo del otro como era habitual.
- Me han informado que hiciste caer a una partida de orcos.
- Cada vez se aventuran m√°s cerca y m√°s a menudo.
- Esto no puede ser sino el preludio de d√≠as sombr√≠os. ‚Äď El rostro del se√Īor de la casa de la Fuente reflejaba una preocupaci√≥n real que no trataba de ocultar a su camarada.
- Si el Se√Īor Oscuro ataca, estaremos preparados.
Ecthelion escuch√≥ las palabras de su amigo y no pudo sino suspirar con resignaci√≥n.¬† Sonrisas forzadas a contradecir los mayores temores del alma. Porque las joyas son codiciadas y los juramentos no se olvidan,¬† largos hab√≠an sido los a√Īos de protecci√≥n y falsa paz en aquel valle secreto.
¬†¬†¬†¬†¬† Ambos capitanes se despidieron como los viejos amigos que eran. Glorfindel se qued√≥ quieto mirando en derredor mientras los pasos de su acompa√Īante les distanciaban. Amaba aquella ciudad, y por encima del valor de las rocas, las torres y el agua, lo que m√°s apreciaba era la armon√≠a que se respiraba. Una paz amenazada desde el principio de Gondol√≠n hasta su final.

* * *

La luna resplandec√≠a como apenas un rasgu√Īo en el cielo nocturno cuando la ciudad descansaba. Soldados de diferentes casas manten√≠an la tranquilidad de los durmientes ocup√°ndose de las guardias nocturnas.
¬†¬†¬†¬†¬† En el nivel superior de la muralla, una figura femenina envuelta en fina seda paseaba su cuerpo insomne a trav√©s de la fresca brisa que descend√≠a de las altas cumbres. Sus ojos esmeralda se posaban inm√≥viles, como ra√≠ces en la tierra, sobre un elfo quieto y armado que estaba de guardia. Metros bajo ella, √Čl oteaba atento el horizonte con su aguda vista como una estatua de fr√≠o granito. Mir√≥ la luna creciente, y como si fuera un h√°bito se gir√≥ en la medida justa para ver en lo alto a la mujer. Ella acarici√≥ su vientre de embarazada y extendi√≥ una mano tibia hacia √©l con la textura de las caricias invisibles que rompen las distancias. El viento azot√≥ con una r√°faga repentina haciendo que la fina tela que la envolv√≠a revoloteara como una bandera sin patria. Cuando el aire se tranquiliz√≥, ella ya no estaba. Glorfindel suspir√≥ y volvi√≥ su mirada a su objetivo de vigilancia. El aroma a jazm√≠n que le hab√≠a tra√≠do el viento era el de un amor amenazado por los acontecimientos que estaban por venir.

* * *

¬†¬†¬†¬†¬† Al atardecer, sin prisas, sin forzar el momento lleg√≥ la oscuridad. Sin cisnes formando flechas en el cielo. Sin trinos de aves risue√Īas que agitaran su cola en alegr√≠a. Era un mar seco, era un silencio pegajoso e inc√≥modo. Signos del fin se dibujaron en el horizonte en la forma de fuegos y masas oscuras de las miles de criaturas del mal que se acercaban. El enemigo hab√≠a llegado hasta ellos y ya no hab√≠a forma de esconderse por m√°s tiempo. Era la hora de luchar. El aire estaba cargado de tensi√≥n. El olor al fuego que se acercaba era en s√≠ mismo una amenaza, como la tendencia de los acontecimientos condenados siempre a perder algo. Lo que tanto hab√≠an temido se hac√≠a realidad: el enigma de su ciudad se hab√≠a descubierto e iba a ser atacada.
¬†¬†¬†¬†¬† El avance de una explosi√≥n solar de sentimientos comenz√≥ a fraguarse en el interior de Glorfindel. La ira es un animal salvaje que lucha contra un destino funesto. Todo aquello por lo que hab√≠a luchado; todo cuando hab√≠a intentado proteger estaba ahora amenazado como nunca lo hab√≠a estado. La extinci√≥n de un modo de vida, de un reino, era la sombra impenetrable que ahora sobrevolaba sus destinos. De poco le serv√≠a la confianza y seguridad de sus conciudadanos. Pese a la majestuosidad de los ejercitos, pese al acopio durante a√Īos y a√Īos de armas, pese a todo, present√≠a que no podr√≠an ganar aquella batalla.

¬†¬†¬†¬†¬† Armas con damasquinados de oro esperaban su sucio uso. Los soldados de la casa de la Flor Dorada formaban en su cuartel en espera de su capit√°n. Todas las miradas se clavaron en una √ļnica persona: una alta figura ataviada en plata y ba√Īada por r√≠os dorados que desembocaban en amarillentas celidonias.
No hubo discurso ni arenga para aquellos soldados. La mirada de confianza de su l√≠der era suficiente para encender sus corazones. No era necesario recordarles qu√© estaba en juego. Glorfindel pase√≥ entre sus tropas y comunic√≥ d√≥nde se ubicar√≠an en la defensa de la ciudad. Su mirada endurecida como hielo azul de lo m√°s profundo de un glaciar contempl√≥ los ojos de sus hombres. Vio mudas plegarias que ara√Īaban deseos de salvaci√≥n. El suyo era un coraz√≥n de acero que hab√≠a soportado muchos inviernos, muchas p√©rdidas y desesperanzas. Sus enemigos eran condenados sin mente que caminaban s√≥lo con su misi√≥n. Ellos no eran as√≠. Tan s√≥lo quer√≠an vivir en paz.
Se dirigió a su puesto en la muralla y no fue necesaria orden alguna para que sus camaradas le siguieran. Resplandecientes dientes y espinas de oro emergieron en una parte de la ciudad cuando la casa de la Flor Dorada tomó posiciones antes de la batalla.

Una danza maniaca de muerte poseyó el lugar. Las piedras lloraron y la carne rasgada y quemada cubrió la hierba y las calles como un pavimento grotesco. Milagros de lucha desesperada terminaban con vidas que batallaban por la libertad. Las horrendas criaturas que aquel Mal había reunido destruían y mataban sin piedad. Nadie sabe qué movía la mano del invasor en aquel festín necrológico; quizás el miedo, quizás el odio innato de una raza que no conocía el significado de la palabra amor.
¬†¬†¬†¬†¬† Los brazos estaban agarrotados en simbiosis con los injertos met√°licos que eran sus armas. Romp√≠an la confianza los lamentos de agon√≠a cortados por gargantas anegadas en su propia sangre. La batalla no iba bien. Los bellos y jubilosos recuerdos del Gran Mercado se mezclaban con los m√°s inmediatos del combate que all√≠ hab√≠an librado y del cual retroced√≠an. Glorfindel guardaba la retaguardia con los escasos supervivientes de su casa. Los tonos dorados de sus vestimentas se mezclaban con el carmes√≠ quemado de su carne y la sangre reseca que no era toda suya. Atr√°s quedaba la pestilencia de la podredumbre de cuerpos abrasados y olvidados en nichos que no encontrar√°n nunca peregrinaje. Mientras corr√≠an hacia el √ļltimo basti√≥n, en la Plaza del Palacio, las llamadas sin consuelo exigiendo pactos con la muerte que llegaban de otras partes de la ciudad les romp√≠an la escasa voluntad que ten√≠an.
Llegaron al fin a su destino. Triste era ver a qu√© se hab√≠a reducido el ejercito de la ciudad. En aquella plaza se congregaban los √ļltimos defensores. Glorfindel sinti√≥ un vac√≠o en el coraz√≥n al ver el estado de aquellas personas. Su penetrante mirada se pos√≥ en Ecthelion. Su amigo estaba herido, y le angusti√≥ ver en aquel estado a tan noble se√Īor. En conjunci√≥n con Tuor despej√≥ y organiz√≥ la plaza para el asalto final.
No tardó en llegar una masa ladrando y triunfante de enemigos hasta donde ellos estaban. Sus ojos despuntaban lujuria asexual por el regocijo en el caos.
Batalló encarnecidamente. Vio morir a su amigo Echelion, moribundo a manos de un balrog, demonio ancestral. En una decisión final se retiraron y vieron a lo lejos caer a su rey. Se derrumbaron las altas torres a sus espaldas y huyeron de la ciudad como pájaros ciegos en la tempestad.

* * *

Porqué estoy derramando estas lágrimas negras manchadas con sangre anónima... Trozos de locura mezclados con las desgracias de corazones rotos. Es el principio del fin. Una guerra sin inicio ni fin en la que el nacimiento juraba bando. La herencia de una maldición contrastada por palabras amargas. La esperanza tiene nombre propio y está amenazada. Todo por cuanto he luchado se ha derrumbado y ahora no es más que una pira funeraria y restos humeantes salpicados por charcos de sangre.

Exhausto, su cuerpo se quejaba como una vieja puerta de madera. Su ropa estaba rasgada y sucia como si tuviera la edad de los √°rboles. Ten√≠a la armadura rasgada y abollada pareciendo haber sufrido los sentimientos de un herrero enfurecido. Su otrora cabellera soleada era ahora un amasijo de zarzales grasientos por la acci√≥n de la sangre reseca. Pese al estado lamentable de la carne y las vestimentas, una l√ļz a√ļn brillaba desafiante en sus ojos; espejos de un mar embravecido. Sent√≠a la ira creciendo en √©l como una corriente aceler√°ndose al llegar a una catarata. Al llegar a su final.
¬†Compa√Īerismo, amistad y felicidad‚Ķ todos muertos. Quedaba una absurda soledad extendi√©ndose como un c√°ncer en su conciencia. A√ļn quedaba vida. Los agotados supervivientes no se rend√≠an. Ya no les mov√≠a la fuerza por proteger lo que hab√≠an construido y guardado por tanto tiempo, sino algo muy diferente. La esencia de todo instinto. El af√°n inconmensurable que incita al hombre a correr, al rat√≥n a cavar m√°s hondo y a la perdiz a esconder su nido. Supervivencia. Todos ten√≠an distintas motivaciones altruistas o personales que forzaban a mover sus piernas cuando ya no hab√≠a fuerza para ello.

Tras la embestida final, lleg√≥ la √ļltima retirada. Con Glorfindel siempre en la retaguardia, llegaron al sur de la ciudad hasta encontrar el t√ļnel secreto con el que poder escapar de aquel infierno. Bien era conocida la codicia del enemigo, que en el saqueo en el que estaban sumidos no prestaron atenci√≥n a tal comitiva, ni hab√≠a de los suyos al otro lado del t√ļnel. La desolaci√≥n brillaba en derredor as√≠ como en los ojos de los supervivientes, que clamaban justicia desde sus corazones anegados por la tristeza.
Caminaron con poco descanso, atravesando valles y claros hasta llegar al cruce del paso de Cristhorn, la Grieta de las √Āguilas. No hubieron empezado a cruzar cuando en las alturas de aquel paso el enemigo les acos√≥ por la retaguardia. Pero all√≠ estaba El de los Cabellos Dorados con sus hombres. Resistieron pese al desconcierto del ataque. La espada de Glorfindel cortaba como la lluvia y los orcos ca√≠an al abismo del paso como frutos demasiado maduros. Mas por un momento el valor de los elfos palideci√≥ al ver que entre los enemigo se acercaba un balrog. La situaci√≥n era desesperada y parec√≠a que all√≠ acabar√≠a todo. Sin embargo, de repente, una sombra apareci√≥ en contraste con la luna. Lo que parec√≠a una bandada extraviada lleg√≥ a la batalla en la forma de las grandes √°guilas de Thorndor. Descendieron como una ventisca entre la nieve con sus garras por delante acabando sin medida con vidas de orcos.
Glorfindel sintió que el aire se calentaba sobre él, y pudo ver la sombra del balrog saltando por encima suya hasta una roca alta, y de allí a otra. Se propagó hasta la vanguardia como un incendio intencionado. Ante la criatura quedaban expuestos las mujeres y enfermos.

Esperanza, esencia cautiva en una jarra que digiere a largo plazo y en peque√Īas dosis. En aquel momento cay√≥ al suelo perdi√©ndose y despilfarr√°ndose. Nuevos enemigos aparecieron habiendo pocas armas capaces de hacerles frente. Era su final.
Una espada amiga se elev√≥ entre las filas de refugiados como un √°rbol solitario rodeado por un bosque arrasado por las llamas. Glorfindel grit√≥ y ninguna arenga habr√≠a podido fortalecer los esp√≠ritus de mejor forma que su voz. Clav√≥ su ojo adusto deseando que la mirada fuera un arma. Sus dientes se apretaron as√≠ como sus nudillos tejieron un nudo en torno a la empu√Īadura. Solo y en un ataque de furia salt√≥ y carg√≥ contra el Balrog. Los refugiados aprovecharon la oportunidad para intentar huir por el paso. Quienes pod√≠an sostener un arma guardaban la retaguardia luchando sin freno.
¬†La criatura de Morgorth atac√≥ con la fuerza de la maldad de su amo. Glorfindel esquiv√≥ el golpe de aquel martillo que hizo saltar piedras al aire en una explosi√≥n perturbadora. El elfo esquivo agach√°ndose otro golpe m√°s que podr√≠a haberle decapitado de impactar en su agraciado rostro. Su ira explot√≥ como caballos desbocados. Grit√≥, y se lanz√≥ al ataque como un lobo hambriento. Su hoja cort√≥ el aire tres veces en r√°pidas estocadas de izquierda a derecha antes de llegar a la piel del balrog. √Čste, abrumado por la inesperada carga no pudo retroceder sin arriesgarse a caer. Un tajo vertical cort√≥ su gruesa y abrasadora piel mientras otro espadazo oblicuo¬† se hund√≠a en su pierna. El rugido del Balrog rompi√≥ el aire con la fuerza de una avalancha de rocas. Los refugiados se giraron asustados temiendo lo peor.
- ¬°Seguid adelante! ‚Äď les grit√≥ el noble de la casa de la Flor Dorada.
El balrog aprovechó esa distracción y propinó un tremendo golpe con el antebrazo que le hizo levantarse por los aires.
Tardó unos segundos en darse cuenta de qué estaba pasando. Se levantó como un resorte y volvió a atacar como si no le hubiera pasado nada en aquel día.
Dibujó espirales de sangre negra con la punta de su espada.
Pens√≥ en aquel ni√Īo que representaba la esperanza y en que quiz√°s √©l¬† ya nunca llegar√≠a¬† a ser padre. Su amigo Ecthelion hab√≠a muerto a manos de un adversario similar al que el se enfrentaba. Algo oscuro se expandi√≥ como la niebla en el coraz√≥n de Glorfindel.
Infección de los sentidos embotados por la rabia sin ley. Los recuerdos de las emociones desterradas a los momentos de melancolía le atormentaban. Lágrimas en combustión espontánea que no daban tregua a escenas de luto. Desde el más puro invierno le llegó
la fuerza de una ventisca que nunca había conocida la tregua de la calma.
El granizo era su espada, y su escudo el mar que detenía el avance de un
volc√°n. Era la llama contra la flor de hielo. Reflejos dorados como cristales de pirita relampagueaban bru√Īidos por la luz de la luna.
Atacó. Clavó su daga en el vientre del monstruo y le empujó al abismo. ¡Allí acabaría su malicia! Se giró para volver con los refugiados, pero un tiró en su melena le hizo caer junto con su enemigo…

Su boca expuls√≥ sangre, pero √©l no se dio cuenta cuenta. Todo giraba a su alrededor con el peso de mil estaciones. Mientras, el balrog gritaba en su descenso imparable junto a √©l. Sus ojos se clavaron en el cielo mientras el suelo se acercaba sin remedio, sin discusi√≥n, sin m√°s palabras. Olvid√≥ el dolor. Era el fin, pero estaba contento. Hab√≠a conseguido rescatar y mantener la esperanza con su acci√≥n desesperada. Ya no pod√≠a hacer nada m√°s. Suspir√≥ y cerr√≥ los ojos por √ļltima vez, contento de haber dado una oportunidad.

Carnaval de gotas grises esparciéndose por canales níveos que mucho tiempo estuvieron salvaguardados del llanto. La sumisión del cuerpo cuando la mente deja de luchar. 
En la agitaci√≥n de aquel momento, una figura femenina se acerc√≥ al precipicio, y entre l√°grimas, se quit√≥ del pelo unas peque√Īas e inmaculadas flores blancas. El jazm√≠n cay√≥ lentamente en aquel abismo en el que yac√≠a un padre que ya no conocer√≠a a su hijo.

* * *

El cauce de la historia ba√Ī√≥ muchas tierras y sepult√≥ otras tantas bajo las aguas. Ante su sentencia absoluta ocurri√≥ que en un amanecer volvi√≥ a nacer una flor de las cenizas de un incendio ya olvidado. La esperanza renaci√≥ ante la resurrecci√≥n de una flor dorada. Una noble figura de cabellos n√≠veos volvi√≥ a pisar el mundo y a so√Īar de nuevo con el dulce olor a jazm√≠n.


  
 

subir

Películas y Fan Film
Tolkien y su obra
Fenómenos: trabajos de los fans
 Noticias
 Multimedia
 Fenopaedia
 Reportajes
 Taller de Fans
 Relatos
 M√ļsica
 Humor
Rol, Juegos, Videojuegos, Cartas, etc.
Otras obras de Fantasía y Ciencia-Ficción

Ayuda a mantener esta web




Nombre: 
Clave: 


Entrar en el Mapa de la Tierra Media con Google Maps

Mapa de la Tierra Media con Google Maps
Colaboramos con: Doce Moradas, Ted Nasmith, John Howe.
Miembro de TheOneRing.net Community - RSS Feed Add to Google
QuiÔŅĹnes somos/Notas legalesContÔŅĹctanosEnlÔŅĹzanos
Elfenomeno.com
Noticias Tolkien - El Señor de los AnillosReportajes, ensayos y relatos sobre la obra de TolkienFenopaedia: La Enciclopedia Tolkien Online de Elfenomeno.comFotogramas, ilustraciones, maquetas y todos los trabajos relacionados con Tolkien, El Silmarillion, El Señor de los Anillos, etc.Tienda Amazon - Elfenomeno.com name=Foro Tolkien - El Señor de los Anillos