La espada de unión y muerte

Nagore nos envia un relato de fantasía en el que descubriremos cómo una espada unió a Zöra y Krachek

VI

La guerra sería breve pero dura y encarnizada. Cuatro meses después regresaban los guerreros de La Región. El número de bajas era considerable, no obstante regresaban con lo más importante: la victoria.
Sí, tras muchos ataques y contraataques, batallas perdidas y ganadas; alegrías y tristezas; habían ganado la guerra.

La Región al completo salía a saludarles entre jubilosos vítores y alegres melodías. La Región estaba de fiesta.

Empero, aquel júbilo no había logrado calarse lo más mínimo en Zöra, que con el corazón en un puño, buscaba a Krachek entre los recién llegados.

Sus peores temores se vieron confirmados cuando preguntó por él.

- ¿Krachek Udal? Murió en batalla, o al menos eso se cree, nadie lo volvió a ver desde el asalto final. De todas formas, poco importa, en el último momento cambió de bando y regresó con los suyos. No fue más que un chaquetero y un traidor. Ojalá se pudra en los infiernos.

Aquellas palabras la dejaron totalmente petrificada. No sabía si llorar de pena o de rabia por su deslealtad. El caso es que lloró, y mucho.

Y así estuvo meses enteros en los que apenas se dejó ver.
Suspendió toda práctica de defensa con su padre y se encerró en sí misma. La coraza que solía formarse en esos momentos, no apareció en ella, provocando que cualquier mención a la batalla o recuerdo a él, la derrumbara.

Los meses pasaron y Zöra sabía que no debía continuar así. Sus padres estaban muy preocupados por ella y no podía hacerles sufrir más. Entonces, un día cualquiera recuperó la sonrisa, su inconsciente lo olvidó y su memoria lo borró.

Dos años más tarde contraía matrimonio con un joven soldado llamado Chener. Alto, robusto y gallardo, era un zagal de lo más honrado y noble. Amigo de la familia, confesó estar enamorado de Zöra desde su más tierna infancia. Cariñoso, romántico, tierno, cordial, afable, gracioso y muy apasionado, logró conquistar el corazón de la joven, que no tardó en latir por él.
Enamorada y dichosa, Zöra aceptó encantada su proposición de matrimonio. Eran una pareja próspera y ufana.

Su dicha se vio aumentada con el nacimiento de su primer hijo; un niño sano y fuerte que recibiría el nombre de Erar. Dos años después llegaría Madala con su risueña e inquieta personalidad Y por último, el tranquilo y sosegado Zenes.

Zöra vivía relajada y feliz con su familia. Gozaba de un buen estatus social y económico en su pueblo, de un admirable respeto, de un gran marido y unos hijos encantadores.
La vida le sonreía. Pero esa tranquilidad pronto se vería enturbiada.


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