Osgiliath 2003 de la C.E. (caps. 10-15)

Capítulos 10 al 15 del relato Osgiliath 2003 de la Tercera Edad, con la conclusión de la trama principal de esta apasionante historia.
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Una calma sofocante, un alto impuesto a la tronada, se instaló pesadamente en Osgiliath después de que la “Torre de Cristal” se hubiera derruido del todo.
Como un puñetazo contundente sobre la mesa, la destrucción del rascacielos supuso un punto y aparte en la jornada ya que, más allá de ella, los ánimos parecieron apaciguarse y, exhalando un suspiro colectivo, la ciudad se sumergió gustosa en aquella nueva quietud.
Mas, una a una, diligentes como los soldados de un ejército, gotas de lluvia comenzaron a caer desde las todavía presentes –e impacientes por descargar los litros de agua que las hinchaban- nubes de tormenta sobre la urbe que, con igual tranquilidad, empezaron a regar la sedienta ciudad con aquella lluvia discreta y refrescante, la cual supuso un bálsamo para limpiar sus heridas.
El repicar de esas gotas en el cemento y el asfalto de edificios y calles se convirtió en el único sonido que se oyó entonces por toda la ciudad, ahogando los incendios que habían nacido y se habían alimentado del desorden y que ahora morían con muda resignación, retirando sus ardientes garras de fuego como alimañas encogiendo el cuerpo en sus guaridas. Parecía que no hubiese más vida en verdad en Osgiliath a parte de ellas, desierta y huérfana del bullicio que le correspondería.
Pero la vida continuaba agitándose; no a la vista de todos quizás, pero si de quien se hubiera dejado perder por el laberinto de sombras en que se había tornado Osgiliath y supiera donde mirar. Entonces, sólo tendrían que haber alzado la vista y se hubieran encontrado con un río entero de ella hendiendo el cielo: Surcando el aire que separaba las hileras de rascacielos, reflejándose en los miles de ventanales de éstos y en un silencio estremecedor, la bandada de pájaros más extravagante que jamás hubiera sobrevolado Osgiliath, surgida como de la nada y capitaneada por una gran y majestuosa águila seguida de un centenar de cuervos, sobrevolaba las oscuras avenidas y los enormes cañones que formaban las moles de los rascacielos enfrentados a lado y lado de éstas bajo la continua, pero sosegada, lluvia.
Planeaban con tanta elegancia que nadie oyó ni un aleteo y por eso fueron pocos los que levantaron sus ojos al paso de aquella fantasmagórica comitiva, pasando a engrosar el árbol de leyendas y rumores que creció al amparo de ese aciago día.
La sinuosa y disciplinada fila de navegantes del aire se deslizó de todas formas implacable (e impecablemente) hacia el centro de la ciudad. Sobrevoló entonces en círculos la nube, ya inmóvil y cada vez más menguada a causa de la lluvia, de polvo que se alzaba allí donde tendría que haber estado la “Torre de Cristal”. Su color gris pálido la hacía resaltar en medio de la imperante tenebrosidad, como si fuera en realidad el espectro del edificio caído.
Pero no era el fantasma de rascacielos señoriales lo que buscaba el grupo de aves y, después de dibujar varios círculos sobre las ruinas de la “Torre”, no tardaron en torcer el rumbo hacia una de las avenidas que salían del punto central de la capital, guiados por una brújula invisible, para ir descendiendo por ella de altura con el mismo silencio y discreción con los cuales habían peinado los vientos.
Fue así que tomaron tierra de igual manera que las gotas de lluvia que los habían ido acompañando; pero, a diferencia de éstas, su descenso tuvo un destino final tan predestinado como las leyes del destino.


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